Decirle SI a la Paz

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Hace un poco más de 15 días explotaron de forma controlada tres artefactos explosivos (petardos creería yo) a menos de 500 metros de mi casa, una zona residencial de estilo bohemio en la que nunca pasa nada.

Esa mañana después de escuchar las dos primeras detonaciones que fueron más suaves, seguí con mi rutina mañanera previa al trabajo. Mi tía que vivía en el mismo lugar que yo, llamó al teléfono fijo y cuando conteste me reprochó enojada no haber contestado las cinco llamadas perdidas en mi celular. Pensé entre mi que estaba siendo exagerada aún más cuando ella fue la que le preguntó a la policía misma esa mañana que era lo que pasaba. Después entendí su reacción.

Entre 1988 y 1993 la Colombia urbana vivió una de sus épocas más difíciles debido a que Pablo Escobar bombardeó sin cesar las principales ciudades del país; Bogotá, por ejemplo,  fue blanco de 12 bombas durante su reinado de terror, mi mamá y mis tíos vivieron cerca de un cajero al que le pusieron una bomba y aún se acuerdan a la perfección el sonido de la explosión, cómo temblaron las ventanas y la desesperación, en una época sin celulares, de no saber donde estaban los otros, no en vano mi mamá y mi tía se aterrorizan ante la palabra bomba, explosión o petardo y se cambian de acera cada vez que ven un paquete negro en el andén,  actitudes pequeñas que les quedan como recuerdo de esa época tan oscura para el país.

Incluso yo que no viví hechos tan traumáticos, pero que crecí escuchando sin piedad cómo a diario los noticieros informaban sobre cifras de guerrilleros o militares muertos en combate, carros bomba, pescas milagrosas y demás, cada vez que escucho que detonaron un artefacto explosivo mi cerebro, de forma automática, piensa cuál de los muchos grupos la puso y cuantos muertos habrá dejado. La semana pasada por la radio anunciaron que habían puesto un petardo en las instalaciones de una EPS, que ningún grupo armado la reclamó, pero de inmediato una voz en mi cabeza se despertó preocupada de que quizá ese periodo tan explosivo se repitiera.

Hace unos años me visitaron  unos amigos extranjeros quienes se sorprendían por el contenido tan violento de nuestros noticieros, mientras que para ellos eran increíbles los números de heridos y muertos que dejaban los combates, para mi era otra de las cosas que pasaban a diario en mi país. Para mi eso era ‘normal’.

Sin embargo, lo que yo y muchos colombianos considerábamos como normal no está más lejos de serlo, hoy en día me sorprendo de la forma cómo hemos naturalizado el conflicto armado y los diferentes hechos violentos que se dieron en él y me aterroriza darme cuenta lo insensibles que nos hemos vuelto frente al dolor ajeno, ya no es sorpresa escuchar sobre masacres y desapariciones, ya no se nos pone la piel de gallina facilmente cuando leemos las historias que ha dejado atrás la guerra y se ha deshumanizado tanto al otro que difícilmente se ve ex combatiente de algún grupo armado ilegal como algo más que un ser vivo, de ahí que algunos se alegren cuando escuchaban que habían matado a X número de guerrilleros.

Es por esto que pienso votar SI este 2 de octubre, porque no quiero que como yo, mi hermano pequeño o las futuras generaciones piensen en todas las posibles cosas malas que puede desencadenar una bomba, porque quiero que las futuras generaciones sean capaces de verse unas a otras como seres humanos y no como enemigos o animales que tienen que ser exterminados, porque no quiero que este temor que me lo transmitieron a mi ellos también lo tengan y sobretodo porque quiero que sena capaces de sentir el dolor ajeno así el otro este a kilómetros de distancia, porque quiero que ellos tengan las oportunidades de maravillarse y aterrorizarse que quizá yo no tuve.

Reconozco que de ganar el SI, Colombia no va a hacer PUFF y de repente tendremos paz, porque el camino que nos espera si es largo y requiere trabajo y esfuerzo de todos los colombianos, ya que por acción u omisión, todos hemos sido responsables de construir esta historia colectiva; pero si creo que como país y como ciudadanos que podemos votar tenemos el deber de tomar esta oportunidad y abrazarla por completo, no sea que en unos años nos arrepintamos porque tuvimos la oportunidad de cambiar el país, pero no fuimos lo suficientemente valientes para hacerlo.

 

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Naciendo con los dioses en la ciudad

Hola Queridos, les cuento que esta no es una reseña de ningún libro sino que es una crónica que escribí hace algunos meses sobre una mujer muy especial que es una partera urbana aquí en Bogotá, para no aburrirlos la experiencia de conocerla fue maravillosa y quise compartir este texto con ustedes, porque me pareció interesante que conozcan otras cosas y para que me lean de vez en cuando haciendo algo que no sea criticar un poquito el trabajo de los demás.

Sin más aquí se los presento.

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El oficio de partera ha sido dejado de lado por la sociedad durante mucho tiempo, pero mujeres como Alejandra Montes lo han retomado reinventándolo por completo.

Mientras caminamos a través del páramo de Matarredonda rodeados de frailejones y de una suave llovizna que nos baña de a poquito, la vida proveniente de la pacha mama se extiende ante nuestros ojos y los pétalos rojos de las flores en un mar verde y gris atraen las miradas. Alejandra lidera el camino hacia la laguna en donde con ofrendas se le encargarán a la divinidad, que protege aquel páramo, los partos venideros.

Alejandra Montes Serna es partera urbana desde hace seis años, se acercó a este camino ancestral porque una de sus hermanas se quitó la vida durante el post parto, suceso que la llevó a preguntarse por la feminidad y por los procesos que enfrentan las mujeres durante el embarazo. Para ese entonces ella estaba terminando filosofía por lo que intentó entender esto desde su campo de estudio, pero fracasó porque todos ellos hablaban desde una perspectiva masculina. Entonces volvió a las raíces y contactó con un taita que no solo le enseño el arte de curar con las plantas sino también que le mostró su camino, “en una ocasión estaba tomando medicina, el yagé, y él me mostró lo que yo iba a ser, me mostró que yo me iba a convertir en una partera y yo no me lo podía creer, porque en ese momento yo estaba desconectada de todos mis procesos femeninos”, admite con una sonrisa. Desde ese momento decidió seguir el camino que los dioses le habían mostrado y viajó por toda Colombia durante seis años preparándose con distintas comunidades, estuvo en la Sierra Nevada, en las tribus indígenas del Cauca y también en el Chocó, aprendiendo el oficio con las parteras de estos grupos, ya que “el oficio de parteras se hace observando, no tanto se hace desde la racionalidad sino de los sentidos y de la intuición.” 

Cuando se sintió preparada volvió a la ciudad dispuesta a llevarles a las madres una alternativa diferente para tener a sus hijos, “es importante saber que el parto no es solo un evento fisiológico, el parto es un evento espiritual energético emocional que prepara a las mujeres para sostener una familia, para poder hacerse cargo del crecimiento de sus hijos”, es por eso que cada parto es preparado de forma individual porque tienen exigencias diferentes, a veces se requieren más plantas para calmar el dolor, pero en otros casos se requieren más canticos para calmar el alma y esto es precisamente por qué muchas madres prefieren este proceso sobre un parto tradicional en una clínica, porque en el parto en casa el único que decide cuando inicia y cuando acaba es el bebé y el propio cuerpo de la madre, a mí no me gusta que haya un protocolo para recibir dos millones de niños, porque cada niño es diferente, y cada conexión de la madre con su bebé es diferente. Agilizar el parto para mí no tenía sentido, porque yo quería que ella naciera el día y a la hora que tenía que nacer” afirma Angélica Echavarría quien tuvo a Valentina siete meses atrás en un parto que duró 26 horas.

El proceso de parto no tiene tiempos específicos pero puede durar de 12 a 36 horas dependiendo de la mujer, por eso es necesario que ella se encuentre en un ambiente cómodo, que esté tranquila y no se sienta presionada en ningún sentido. Todo este tipo de prácticas se inscriben dentro de un movimiento a nivel mundial para promover un parto humanizado, que significa que tanto la mamá como el bebé sean atendidos en condiciones que garanticen su comodidad para que el parto se de en un entorno familiar, en donde a diferencia de las clínicas, los padres tienen total control de las decisiones y ellos deciden como quieren que sea el proceso, con un canal totalmente abierto de comunicación entre ellos y el médico o la partera y reconociendo que los padres son los verdaderos protagonistas en el nacimiento, “lo que pasa muchas veces, lamentablemente es que a ella nada más nacer la separaran de mí la separaran de mí y está clínicamente demostrado, que es absolutamente dañino para ella. La ciencia ya ha demostrado que cuando ella se separa de mí, y sobre todo en esos momentos, se le activan los mecanismos de defensa como si hubiera algún peligro y entonces ella va creando conexiones cerebrales de miedo y eso tiene repercusiones en índices de violencia me dice Amagoia quien le está dando pecho a Amalur, mira por un momento a su esposo y agrega: “más que un parto en casa nosotros recomendamos un parto humanizado y una gestación consciente. Saber que cada uno de nosotros puede tomar las riendas de la gestación, de cómo quiere que sea el parto, de cómo quiere que sea la crianza y para nosotras las mujeres eso es súper importante porque nos empodera.”

Alejandra me mira fijamente con sus ojos verdes con toques de miel llenos de esa sabiduría ancestral de las abuelas y de la madre tierra mientras continúa diciendo “Manu, las mujeres paren a sus hijos, pero también paren las emociones que los niños van a sentir y allí hay un gran poder” y es por esta razón que su labor va más allá ayudar a traer una vida al mundo, Alejandra no solo se centra en el parto sino también en los meses previos y posteriores a él, en los cuales junto a los padres trabaja la parte emocional, los miedos, las frustraciones, la carga histórica y familiar que llevamos las mujeres y también las dudas acerca del proceso que los futuros padres puedan llegar a tener, nosotros hicimos talleres de cuidados del bebé, cuidados de la mamá, lactancia, respiración, canto carnático que se trabaja para el proceso de parto, meditación, masajes, pero lo más importante y trascendental del acompañamiento ha sido la terapia, trabajar mucho a raíz de ir conociéndonos, síntomas que yo tenía, fuimos trabajando toda la parte emocional. A las mujeres el estado de embarazo nos aflora muchísimas emociones, muchísimos sentimientos que están guardados en el subconsciente”, dice Amagoia mientras acomoda a su pequeña Amalur, quien nació en diciembre, en sus brazos. En Matarredonda estamos frente a una pequeña laguna cubierta por una fina capa de niebla que se dispersa cada vez que Alejandra fuma su tabaco, su cabello negro y rizado se agita con el viento, la lluvia por ahora ha parado y la partera se empieza a arreglar para comenzar el ritual. Una falda azul con flores rojas estampadas cubre ahora su pantalón, en la cintura tiene envuelto un cinturón rojo tejido a mano en alguna tribu indígena y la pluma verde que cuelga de su oído derecho se agita con el viento. El ritual ha comenzado, todos estamos sentados en circulo, en la mitad de él reposa un pañuelo con diseños rojos, morados, naranjas y verdes, sobre el descansa el cuchillo de obsidiana, ocho rosas y una vela rojas, un puño de semillas naranjas, el saco donde guarda el tabaco y un pequeño tarro donde reposa un líquido rojo. Danny una de sus aprendices comienza a cantar mientras Alejandra nos habla de nuestra conexión con la tierra y encarga a las mujeres que pronto van a parir para que sus hijos lleguen a este mundo rodeados de luz y de amor, Dany y ella cantan un poco más alguna canción en portugués sobre la tierra. Todos nos levantamos y nos acercamos al borde de la laguna, Alejandra lanza los pétalos, alguien más derrama un poco de la sangre menstrual contenida en el tarro y yo lanzo un poco de tabaco haciéndole mi propia ofrenda a la laguna. Más tarde cuando le pregunto a Alejandra que significado tenía la sangre riendo me dice que “la madre tierra nos lo da todo, el alimento, la ropa, el aire, todo pero que lo único que nace dentro de nosotras es la sangre menstrual y es lo único propio que le podemos ofrendar.”

Nos devolvemos por el mismo camino, al poco tiempo Alejandra y sus aprendices se salen de él hacia los frailejones, se arrodillan y cortan un par de hojas de cada uno de ellos, no sin antes agradecerle por dejarles tomar sus hojas, que preparadas en una infusión con agua pueden detener la hemorragia cuando se desprende la placenta. Volvemos una vez más al camino y bajamos despacio porque estamos buscando una piedra lisa que marca el lugar en el que Amalur, cuyo nombre significa madre tierra en vasco, nació por accidente meses atrás y en el que hoy venimos a sembrar la placenta al lugar que la vio nacer. Cuando por fin lo encontramos Xavi, su papá, empieza a cavar un hoyo pequeño y poco profundo. Alejandra por su parte extiende el pañuelo con el cuchillo de obsidiana y el incienso, pero esta vez hay otros elementos, dos vasijas de barro una azul y otra roza con un sol amarillo y reluciente en su centro. Se enciende de nuevo el tabaco, Aleja saca la placenta que lleva 40 días conservada en la vasija roja, en una mezcla de sal y aceites, con el humo del tabaco y sus cenizas comienza a limpiarla. Cuando el segundo tabaco suelta sus últimos humos grises los padres, con la pequeña en brazos, quien no se ha removido ni una sola vez, se arrodillan en frente de Alejandra quien comienza a cantar unas palabras en un idioma que no conozco mientras pasa el incienso por encima de ellos, levanta la cabeza por un momento, abre los ojos y de dice a Xavi “estoy llamando a tu mamá en estos momentos”. La placenta es depositada en el hoyo junto con frutas, dulces, flores, un poco de agua proveniente de Chía y también con tabaco, todo esto para ofrendarle a la bebé los dones que han de acompañar a lo largo de su vida. ”La placenta fue creada con las mismas células con las que se creó el bebé, es su gemelo energético, así que cuando nosotros la sembramos es para devolverle esa semilla de lo que somos a la madre y también para que el niño tenga un lugar al que acudir, energética o físicamente cuando se sienta perdido en el camino, es como sembrar nuestras raíces”, me explica Alejandra.

Más tarde en su casa en Cajicá me cuenta que, a diferencia de las parteras tradicionales, ella no va de inmediato a la casa cuando la mamá entra en trabajo de parto sino manda a alguna de las aprendices si la familia lo quiere, de lo contrario los manejan los primeros momentos del suceso porque en los cursos han aprendido a manejar la situación. “Para mí el indicador de que debo ir a esa casa es cuando la mamá ya no habla conmigo por teléfono, porque eso significa que el dolor es mucho más fuerte”, apenas llega a la casa revisa a la madre y abre su maleta de partera, que al contrario de lo que se pueda pensar no solo contiene hierbas y aceites sino también una bala de oxígeno, un estetoscopio, una pesa, varias herramientas de reanimación y un monitor fetal “No sabes e alivio que sienten los padres cuando escucha ese bum bum del corazón del bebé, para ellos significa que su personita está bien y sigue ahí”, por eso es una de las cosas que le piden que haga cuando llega donde la familia.

Sin embargo a pesar de que el trabajo de partería es casi tan antiguo como lo es el mundo, las mujeres que lo practican hoy en día carecen de poder para firmar certificados de nacimiento, “a principio del siglo pasado las parteras podían firmar estos certificados, tenían poder legal, pero desde mediados de siglo de un momento a otro esto cambió y el poder de firmar un nacido vivo solo lo tienen los médicos y las clínicas y no sabemos en que momento eso cambió”, a pesar de que la ley colombiana no prohíbe que ellas firmen los certificados y permite registrar en las notarías a un niño y darle el certificado de nacido vivo si hay dos testigos que juren haber estado al momento del parto, les siguen poniendo problemas para cumplir la ley y hacer legal el nacimiento, “muchas de las familias tienen un notario amigo que los ayuda, sino, el proceso se demora mucho más, aunque se hace”, afirma ella con evidente enfado.

A pesar de esto Alejandra continua entrenando mujeres para que desempeñen esta labor contándoles y mostrándoles que a veces la vida puede colgar de una mirada, pero también enseñándoles a los padres, aprendiendo con ellos y ayudando a más mujeres a traer una vida a este mundo, “siempre que termina un parto me convenzo cada vez más de que las mujeres podemos parir y que el cuerpo de la mujer es muy fuerte y tiene las condiciones necesarias para sobreponerse a este proceso”, finaliza esta partera de ciudad.

Amores espero que lo hayan disfrutado así como yo lo gocé escribiéndolo, aqui les dejo también el enlace de la crónica audiovisual (si, también es mia y de mis otros compañeros.) https://www.youtube.com/watch?v=DOp-EMx4Ft0

Besos

Las letras de la guerra

En un “secuestro con permisos quincenales” Alexander Santa un docente atrapado en medio del fuego cruzado de paramilitares, guerrilleros y ejercito enfrentó al monstruo de la guerra en un pueblo llamado buenos aires. 

Aquel día uno de los paramilitares que custodiaban el lugar agredió verbalmente a varios estudiantes mientras jugaban en el parque, Alexander con valentía de acero se enfrentó al paramilitar y le exigió respeto para estos pequeños, el hombre armado y con un traje de camuflado después de mirarlo fijamente se retiró.

Para Alex un docente paciente, como muchos otros, en 2001 el conflicto armado lo atrapó en el corregimiento de Buenos Aires, Valle del Cauca, cuando las autodefensas del bloque Calima decidieron salir de las montañas y tomarse aquel lugar en donde nunca pasaba nada.

A pesar del inquietante frío, contradictorio al Valle del Cauca, que recorre el lugar, luce imperturbable sentado cómodamente en el comedor de su casa, habla con calma, se toma su tiempo para pensar. Nadie nunca imaginaria que detrás de ese rostro impasible se encuentra la huella que le dejó “La masacre de Alaska” perpetrada por las autodefensas del bloque calima que lo obligaría a mantener la frente en alto y la fe en firme para poder reconstruir el pueblo que alguna vez conoció.

¿Cómo era para ustedes los docentes manejar la situación de conflicto que se vivía allá?

En septiembre de 2001, eso era un domingo, ocurrió la primera incursión paramilitar en el centro del Valle del Cauca, estaba al mando el bloque calima, entraron haciendo una masacre que fue la muerte de un inspector de policía y dos muchachos de la zona y lógicamente a uno le invade el terror. Ellos nos dijeron a los docentes que no podíamos dejar de dar clase, que siguiéramos como si no hubiera pasado nada y casi que nos obligaron a estar ahí. Durante mucho tiempo no podíamos salir de la zona sin permiso de ellos, no podíamos irnos. Era un secuestro con permisos quincenales, yo siempre lo he dicho así porque solamente podíamos ir a nuestras casas cada 15 días.

En un principio en la escuela teníamos 150 niños, pero luego ellos y sus padres se fueron desplazando hacia la ciudad, de 150 quedaron de la zona 50 niños en el colegio. Nosotros seguíamos como si no pasara nada, queríamos dar esperanza y fortaleza a los padres que se quedaban, pero teníamos miedo de que le pasara algo a la gente, a pesar de eso tratábamos de darle esperanza a las personas. Nosotros teníamos todo el temor por dentro pero no lo demostrábamos, había que plantársele fuerte a esos hombres. Esa situación duró dos años en los que convivimos con los paramilitares hasta que ocurrió la masacre, “La masacre de Alaska”, ese día mucha gente del pueblo, los que quedaban, se desplazaron a la ciudad.

 ¿Qué fue lo más difícil de ese secuestro con permisos quincenales como lo llama usted?

Lo más difícil era oír “no se puede ir”, uno no sabía si ese “no se puede ir” era para matarlo. Como mucha gente llegaba,  mucha gente desaparecía. Teniamos miedo de decirles “me quiero ir para mi casa hoy, ¿será que puedo?” y ellos respondían que “no, usted se queda hoy”.

No sabíamos si ese “usted se queda hoy” podía ser el último día. Entonces vivíamos con esa incertidumbre de no puedo irme porque me van a matar o no puedo irme porque me van a torturar. Era vivir en esa zozobra todo el tiempo. No saber si ibas a sobrevivir esa semana era lo más tenaz.

¿Cómo era el día a día en la escuela cuando fue la incursión de los paramilitares en el corregimiento?

Bueno iniciábamos clase todos los días normal, si llegaban cinco niños iniciábamos clase, si llegaban dos también. Hacíamos oración y la señora ponía a funcionar el restaurante escolar. Queríamos decirle a la comunidad oigan estamos aquí, tranquilos, pero todo el tiempo estábamos pensando que era lo qué iba a pasar en una hora, en dos horas o que esta gente estaba posicionada en el pueblo. Siempre se mantenían por el colegio armados, vigilando que era lo que hacía uno. En las clases tratábamos de darle a los 150 niños todas las áreas, hacíamos trabajos de investigación con los niños que quedaban  para evadir esas cosas que nos llegaban, porque sabíamos que con esas actividades tanto los niños como los padres se iban a sentir de alguna manera apoyados por nosotros.

¿Había algún tipo de materia o algún tipo de tema que los paramilitares les dijeron no enseñen o les daban vía libre?

No, ellos nunca interfirieron eso. Nunca entraron a tomarse la clase y a hablar de la política de ellos, no, ellos solamente nos advirtieron que no dejáramos de dar clase. Lo que estos hombres primero hacían era ofrecer disculpas por los asesinatos que habían ocurrido, para justificarse solían decir que la gente que había muerto quizá debía algo, pero decían que ellos ahora eran un grupo de reconstrucción, que no iban a hacer nada en la zona. Esa era la historia  para ganar confianza, sin embargo en ese tiempo siguieron los desplazamientos y desapariciones.

Ellos nunca se metieron con nosotros, ni nos coaccionaron a que no habláramos del tema, nos dieron vía libre, pero si era constante la presencia de ellos en el colegio.

¿Cómo concientizar a los niños o cómo manejar el tema de lo que estaba pasando, cómo lo hicieron ustedes?

Nosotros en el momento, voluntariamente en clase nunca hablábamos de eso. Solo les recomendábamos a los niños que no estuvieran muy cerca de ellos, que no los miraran mucho, ni que escucharan las conversaciones. Ser muy cuidadosos. Pero  tocar el tema de lo que estaba pasando en el momento y hablar de las agresiones, dejábamos de lado todo eso.

¿Cuándo volvieron al pueblo las personas que perpetraron la masacre seguían ahí?

No. Sin embargo nos encontramos con un pueblo fantasma, las calles desoladas y ahí empezó el proceso de reconstruir el tejido social que se había roto. Fue un proceso de cinco años muy bueno, yo sigo visitando ese pueblo porque allá dejé muchos amigos y visitarlo es ver como los procesos positivos en Colombia si se pueden, acompañados o no por el estado, pero se pueden hacer.

¿Cómo fue retomar las clases con los niños después de lo que ocurrió en la masacre?

Después de que ocurrió la masacre, del desplazamiento masivo, que muchos se fueran a la ciudad,  muchos niños no querían volver a clase, tenían miedo y los papás también. Por eso desde la alcaldía nos pusieron a los docentes que ya conocían en escuelas cercanas. Fue un reto total, hubo un momento en que el paramilitarismo empezó a disminuir un poco y las comunidades empezaron a retornar a sus pueblos al igual que los docentes, en octubre de 2004 empezó todo y después de un par de meses el pueblo volvía a estar como antes, bueno con los que quisieron regresar. Era iniciar de cero todo que fue un trabajo difícil de decirle a las familias venga, confíe en mi de nuevo, vamos a acompañarlos. Fue una labor de ir de casa en casa diciéndoles mire ya estamos de nuevo acá, estamos acompañándolos, esto está pasando, aquello no volverá a ocurrir. Pero seis meses después de haber regresado ya las clases habían vuelto a la normalidad, teníamos 80 niños matriculados y hasta 2008 que fue el año en que yo estuve, el colegio había superado muchísimo este recuerdo de violencia que tenía.

 Desde lo que vio y vivió, ¿cómo vivieron los niños ese conflicto y todo lo que estaba pasando en su comunidad?

En el marco del conflicto mis clases se convirtieron más en clases de escribir, de comentar su historia. Muchos niños después del conflicto empiezan a reflejar deseos de hacer parte del otro lado del conflicto para poder enfrentar a los paramilitares, hasta 2005 los niños seguían dibujándose, cuando se les preguntaba que querían ser, dibujaban guerrilleros, ¿porqué guerrilleros? les preguntábamos y ellos decían, yo quiero ser guerrillero para enfrentar a los paramilitares, fue muy duro cambiar esa concepción. ¿Cómo se cambió? A través del juego, de las artes lúdicas, del teatro, empezamos a dirigir esos pensamientos hacia lugares mucho mejores, pero gracias a Dios hoy podemos decir que nuestro trabajo de borrar esos pensamientos negativos fue exitoso.

Las escuelas son esos lugares donde la gente busca refugio muchas veces cuando ocurren actos de violencia, ¿cómo se sentían ustedes trabajando ahí, después de que los paramilitares los obligaron a quedarse ahí así no hubiera clase?

Estar allí sin estudiantes era contradictorio, porque decíamos mientras tanto en este momento en Colombia hay muchos niños sin un docente y aquí hay ocho docentes sin niños, esperando. Ese era nuestro pensar, sentíamos impotencia porque no podíamos hacer nada. Nosotros lo que hacíamos era hacer aseo, preparar el material didáctico para el futuro, intentábamos pensar en otra cosa.

¿Y cuando estaban con los estudiantes?

Cuando estábamos con los estudiantes, empezamos a trabajar desde lo lúdico, incluso mientras estábamos acompañados por estos personajes, las niñas bordaban, tejían. Los niños hacían juegos con elementos del reciclaje, ¿cómo mantenerlos ocupados todo el tiempo? Las clases, digamos, no eran tan académicas sino más bien prácticas, creativas, porque era el elemento que utilizábamos para que los niños alejaran esos pensamientos negativos que estaban teniendo.

Nos tocaron varios enfrentamientos de guerrilla y paramilitares mientras estábamos en clase. Entonces eran como todos los niños resguardados en el colegio, en ese momento del enfrentamiento no hablamos de lo que estaba sucediendo, de las bombas que explotaban, sino que los entreteníamos con juegos, teníamos un DVD, entonces los poníamos a ver una película con todo el volumen para distraerlos un poco de los enfrentamientos que estaba ocurriendo allá afuera.

¿Cuál fue el mayor reto como profesional mientras estuvo ahí?

Mi mayor reto fue enfrentar alguna vez a un personaje paramilitar. Estaban alguna vez los chicos en una práctica deportiva en el parque, porque nosotros seguimos utilizando normalmente los espacios como si nada pasara y en un momento determinado uno de ellos, se acercó a los niños que estaban jugando a agredirlos verbalmente, a decirles cosas, entonces yo tomé la valentía, me paré y le dije que los respetara, que eran niños que estaban jugando, que no tenían nada que ver con el conflicto. El hombre solo me miró y se retiró. Entonces para mí fue un reto cómo enfrentar ese monstruo de la guerra que estaba ahí en ese momento, mi otro gran reto fue llenarme de valor, de esperanza, de fe de que todo iba a pasar pronto y de que iba a poder estar ahí acompañando otros procesos, afrontar todo el conflicto y luego acompañar el proceso de reconstrucción de tejido social después del conflicto.